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Martha acaba de mudarse a un country cottage típico inglés con su pareja, su sueño es empezar una vida familiar llena de felicidad y tranquilidad. Este mismo día, sin embargo, Ash, su compañero, muere en un desgraciado accidente de tráfico. Dramático fin de sueño, vuelta a la realidad y entrada en una espiral negativa y autodestructiva que la llevará a refugiarse… en las redes sociales. Este es el hilo argumental de Be Right Back, uno de los capítulos de la serie británica Black Mirror.



Una de las amigas de Martha le recomienda que se registre en una nueva aplicación de smartphone y ella, aunque se resiste al principio, acaba siguiendo el consejo de su amiga, acelerando así el proceso de WOM offline. A través de esta aplicación, Martha puede hablar con su difunto compañero: misma voz, mismas expresiones, mismas ideas… no se trata de una aplicación que le permita transfigurar las fronteras que separan a los vivos de los muertos, sino que quien le habla no es más que un robot, altamente sofisticado, que ha recogido toda la información que dispone de Ash en la red para reconstruir su identidad… digital.

Martha, pese a la resistencia inicial, acaba dependiendo psicológicamente de su charla diaria con Ash, y su vida se convierte en un pozo de solitud en el que sólo existen ella y la identidad digital de Ash. El nivel de dependencia va in crescendo. Cuando la adicción se ha convertido ya en un verdadero problema, la empresa suministradora de este servicio, mediante una brillante estrategia de marketing, le vende un nuevo e inquietante producto…

Al cabo de unos días Martha recibe un paquete. Es un pedazo de plástico metido dentro de una caja. Lo saca de allí, lo coloca en la bañera llena de agua y echa un poco de los “polvos de la vida”… breve espera. Martha en el comedor. Segunda planta, se escucha el abrir y cerrar de una puerta. Martha en el sofá. Unos pasos, cruzan el pasillo de la segunda planta. Martha en el comedor, primer plano de su rostro mientras descansa cómodamente. Más pasos, ahora en la escalera, bajan pausadamente… sigue el primer plano de Martha, hasta que la cámara se aleja con un violento movimiento para mostrar una panorámica general de la sala, y ahí está, Ash aparece al final de las escaleras, Martha en el sofá, Ash en el comedor, desnudo, tal y como lo trajeron al mundo. Martha se da la vuelta. Es él.

Es el mismo Ash, reconstruido mediante toda la información hallada  en la red: su voz, forma de hablar y apariencia a través de los vídeos e imágenes, sus aficiones y preferencias, a través de su rastro en redes sociales, debates en foros, descargas, compras… miles de datos que se agruparon y moldearon una persona.

Ash es fruto del Big Data de Internet, un preciso análisis de su propia reputación online mezclado con una robótica del futuro, prácticamente viva gracias a la inteligencia artificial. En este caso el objetivo es replicar a una persona, y es que, como en esta fábula, los datos siempre tienen que cumplir un objetivo. Se deberían fundamentar en un briefing que delimite las dimensiones sobre las que desea profundizar: la red nos ofrece millones de datos que actualmente no nos permiten reconstruir personas, pero sí la imagen de una persona, un producto, la repercusión de cualquier evento o noticia en la red, cómo se habla en Internet, de qué se habla y cómo nos afecta… y un largo etcétera.

El secreto de lograr una reconstrucción fiel de esa imagen digital es plantearse unos objetivos claros y saber utilizar las herramientas que en cada momento tenemos a nuestro alcance. Los datos de la red sólo se transforman en información si se sabe que se quiere hacer con ella.

 

Ash, reconstruido con todas esas variables que le definen, cumple con un objetivo: llenar el hueco que dejó su alter ego humano. Desde este punto de vista, Martha debería estar satisfecha, y de hecho lo estuvo durante unos cuantos días, al ver cumplidas sus expectativas. Ash ha vuelto. Habla como él, tiene su voz, dice las mismas cosas, su cara, su sonrisa… no podría haber robot más perfecto.

Sin embargo, pasado un tiempo, Martha se da cuenta que lo que le proporciona el robot de Ash no es nada más que una ilusa necesidad de recordar perennemente a su compañero, de tenerlo presente, de no sentirse sola… el robot de Ash no es tan parecido a Ash como había pensado al principio. La idea de “Ash robot” ha tenido que ser contrastada por Martha mediante una confrontación con la realidad.

Ash robot nunca se enoja, es imposible tener discusiones con él, no dice palabras malsonantes, está siempre de acuerdo con todo el mundo, es políticamente correcto, no siente necesidades sexuales… y es que la información sobre la que se ha creado Ash robot se fundamenta en información sesgada: es la imagen que, a modo de marketing personal, Ash había querido crear para él. La identidad de Ash en la red es, pues, la imagen ideal que Ash se hizo de si mismo.

Mediante la confrontación de la teoría con la realidad, Martha llega a la conclusión que Ash robot dista mucho de ser el difunto Ash. Eso es algo que siempre debemos tener en cuenta cuando utilizamos la información existente en la red para explicar cualquier fenómeno, y por qué no, soñando, para reconstruir una persona mediante su imagen digital.

La información que encontramos en la red es totalmente subjetiva. Mostramos nuestro lado amable, destacamos nuestros puntos fuertes y ocultamos todo aquello que pueda suponer una mancha en nuestra reputación online. Por otra parte, si somos suficientemente conocidos para que los demás hablen de nosotros, esa información estará totalmente polarizada.

Algunos de nuestros amigos y admiradores dirán que somos maravillosos y nuestros detractores, que somos detestables. Todavía peor: si además de detractores tenemos “amigos” trolls que ensucian y se entrometen en nuestra existencia virtual. Si utilizáramos todas esas variables y las analizáramos, ¿cuál sería el resultado? Un personaje con dos caras alimentado solo por amigos y detractores, en el que el resto de personas que nos conoce, no opina.

Por este motivo, hay que hacerse varias preguntas cuando queremos recabar información sobre nuestra imagen digital. ¿Hasta qué punto los datos que se encuentran online son extrapolables al contexto offline? ¿Hasta qué punto unos ciertos internautas tienen la capacidad de definir nuestra imagen de forma rápida y llegando a una gran cantidad de personas?

Esta característica intrínseca en las redes sociales nos obliga a escuchar en la red pero también a verificar que lo visto en la red se corresponde con lo que la gente piensa en la calle. De este modo el resultado será completo y tendremos una imagen completa, realista y representativa. Y evitaremos, con esto, los resultados que Martha no previó cuando adquirió al Ash robot… a veces, las consecuencias no deseadas del uso de la tecnología pueden ser terribles. Pero aquí lo dejo. No es mi intención la de destrozar el final de este profundo e inquietante capítulo de Black Mirror.

Fotografía 2: stockmonkeys

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