No hay dudas de que estamos viviendo una época en la que las relaciones tradicionales entre los consumidores y las propuestas (de las marcas, instituciones, etc.) se modifican con una velocidad espeluznante. Es más, se complejizan: el usuario puede ser seguidor sin comprar directamente lo que se ofrece, y sin embargo convertirse en un defensor de aquello con lo que conecta. No es fácil establecer propuestas interesantes para esta sociedad activa, comunicativa y (potencialmente) fiel. En esta situación, no siempre más es mejor, ya que los seguidores que nos interesan son los que pueden difundir la (buena) palabra sobre nuestras propuestas; ellos tienen más fuerza que un millón de amigos callados y que no marcan tendencia.
Además, (y esto es un factor importantísimo, que genera que más de uno se queje continuamente sobre cómo deberían ser —o seguir siendo— las cosas), en muchos modelos tradicionales de negocio, hay intermediarios o tareas que parecen dejar de ser necesarias. Hay un sentimiento generalizado de que la gente no quiere pagar si puede conseguir algo gratis. Sin embargo, aquí se pierde una visión fundamental: las personas no quieren que les digan qué elegir o comprar, sino que quieren ser parte de esa decisión, sentir que son escuchados, que comparten opinión y que, en definitiva, son ellos quienes eligen cómo y en qué gastar su dinero.

