El sábado pasado hice una visita a un amigo cervecero que no veía desde hacía mucho tiempo. Su negocio consiste en instalar microcervecerías y asesorar a sus clientes – unos cuantos en toda la península – sobre la producción de cerveza artesana.
Después de una buena media hora de cata con unas excelentes ales, la conversación aterrizó sobre el marketing de la cerveza y ese fenómeno que este amigo define como dictadura del sabor. La idea es sencilla y se refiere al hecho de que unas pocas grandes marcas de cerveza, propiedad de un número muy pequeño de empresas multinacionales, establecen de forma autoritaria las preferencias de los consumidores de cerveza a través de una importante inversión en comunicación publicitaria. Con lo cual, toda cerveza acaba siendo de color ambarino, con aspecto cristalino, bastante espumosa y con un gusto estándar que apena varía entre las distintas marcas.
Esta afirmación sobre la masificación de producción y consumo de cerveza tiene indudablemente un componente seductor y merece una breve reflexión.
