Tal y como se está poniendo el mercado de los yogures las mujeres parecemos estar al borde de un ataque de nervios ante los refrigerados del super al no saber qué yogur elegir. No sé si seguir llamandolos yogures o empezar a llamarlos productos lácteos, tal vez sea una futura manera de diferenciar las marcas blancas de las grandes marcas de consumo: unos producen yogures y otros sofisticados productos lacteos asociados a un nombre concreto de marca. Toda esta reflexión me surge porque el continuo
bombardeo mediático de productos lacteos me está produciendo casi ansiedad a la hora de comprar yogures porque tengo que llegar a pensar en qué momento y con qué finalidad última voy a tomar ese yogur. Existenten todo tipo de yogures para cubrir una necesidad concreta. Tenemos yogures para favorecer el tránsito intestinal, para reducir el colesterol, que ayudan a las defensas, dieteticos, para intolerantes a la lactosa, con aportes extras de calcio, para la primera infancia, para adolescentes… No sé si me he dejado alguno en el tintero.
Ante la crisis lo que prima es la imaginación y cómo diferenciarse en un producto de gran consumo cuya competencia es enorme y cuya dificultad de producción es baja, es una ardua tarea de reinvención: una gran estrategia de marketing con una brillante campaña de comunicación. Crear nuevas necesidades, nuevos productos, en este caso reinventando el yogur incrementando su valor añadido en una sociedad obsesionada con el cuidado personal y la salud, porque si hay algo en lo que no se recorta en tiempos de crisis (salvo los poderes públicos) es en salud.



