Desde que Internet ha entrado en la mayoría de nuestras casas y ha empezado a formar parte de la vita cotidiana de al menos un 40% de la población, hemos ido escuchando vaticinios fúnebres sobre el que ha sido el electrodoméstico favorito de la humanidad durante las últimas cuatro decadas: la televisión.
Para muchos, la total libertad de escoger los contenidos e interactuar con ellos que ofrece Internet debería necesariamente quitarle
tiempo y fascinación a la absorción pasiva de imágenes en movimiento que experimentamos al ver nuestros receptores de televisión.
Después de años de espera, ha quedado claro que no va a ser así. Según datos presentados la semana pasada en un informe por la prestigiosa publicación ‘The Economist’, en países como Japón y EEUU, el tiempo que pasan las personas frente al televisor es tres veces superior al tiempo que pasan navegando en Internet por motivos de ocio. Y esta tendencia no para de crecer. Sin embargo, el termómetro de la inversión publicitaria nos dice que hay países, como el Reino Unido, donde las empresas ya se gastan más dinero en Internet. Esto nos índica algo está pasando.
Más allá de la crisis, que ha recortado considerablemente los presupuestos de los anunciantes, la televisión se está transformando rápidamente. Esta pasando de ser aquel medio que generaba impactos tan fácilmente a ser otro medio más humilde, que ofrece contenidos dirigidos a una gran cantidad de públicos «especializados» y ya no a las masas.
